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sábado, 28 de abril de 2018

Manuel Piar, Libertador de Oriente


Hoy, 28 de abril de 1774, nace el Prócer venezolano Manuel Piar, Libertador de Oriente, y triunfador, como ninguno, de 24 enfrentamientos de guerra, sin sufrir derrota, entre 1813 y 1817.

Retrato de Manuel Piar realizado por el artista 
Pablo W. Hernández, ubicado en el salón elíptico
del Palacio Federal Legislativo de Caracas.


Elevado al rango de General a los 46 años de edad por su tropa y luego ratificado por el mismo Simón Bolívar, crea la envidia de otros próceres, todos mantuanos, que lo señalan de arribista debido a su condición inferior de Casta, ya que lo consideran Mestizo, por ser el supuesto hijo de la mulata María Gómez y el español Fernando Alonso Piar. En esa época, los pueblos latinoamericanos se regían por el infame Sistema de Castas, que catalogaba a cada individuo según su herencia étnica y social, y las mezclas que podían darse entre los padres, siempre decreciendo, si no eran de la misma casta.


El Sistema de Casta que regía durante el período colonial
latinoamericano, degradaba al hijo que nacía fuera de su
estructural social y étnica.

Manuel Piar no recibe ninguna educación formal, pero por su inteligencia se destaca por encima de muchos, incluso de mantuanos, que lo recelan, conspirando a su alrededor y tildándolo de conspirador y traidor, siendo arrastrado a ese juego el mismo Simón Bolívar, quien ordena su fusilamiento luego de un juicio plagado de irregularidades.

El 17 de octubre de 1817, Manuel Piar es fusilado en la pared lateral de la
catedral de la ciudad de Angostura por orden de Simón Bolívar, de quien se 
le escucha decir "He derramado mi propia sangre".

Sobre su nacimiento se han especulado, desde hace mucho tiempo, otras versiones, y en todas se señala como madre a la mantuana Belén Jerez de Aristiguieta. En una de las versiones, Belén tuvo un amorío con Marcos Ribas y Bethencourt, lo que convertiría a Manuel Piar en medio hermano de José Félix Ribas. Otra versión es que ella queda embarazada tras su relación con Juan Vicente Bolívar y Ponte, padre de Simón Bolívar. Y la tercera, que es la que más se ha difundido, gracias a la novela “Manuel Piar” de Francisco Herrera Luque, es que Belén tuvo un romance con José Francisco de Braganza, príncipe heredero del reino de Portugal. Si alguna de estas versiones es verdadera, es lógico para la época, que el nacimiento del prócer estuviese envuelto en el misterio, ya que Belén no estaba casada, y un escándalo así era inconcebible en la Venezuela de entonces. Se dice que ella fue confinada en el Convento de las Reverendas Madres de la Inmaculada Concepción, en donde luego fue construido el Palacio Federal Legislativo. Allí Belén da a luz a Manuel y éste se le entrega a María Gómez para que ella lo críe en Curazao, bien lejos de las lenguas viperinas de la sociedad caraqueña.


Esta versión tiene un cierto sustento, entre otras razones, por la visita que años después Belén hace al Paredón de Fusilamiento, en la pared lateral de la catedral, donde Piar fue injustamente ajusticiado, en la ciudad de Angostura, hoy Ciudad Bolívar.


Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

domingo, 31 de julio de 2016

La conspiración de los mantuanos



Corre el año 1808 y Venezuela vive desde hace un tiempo una agravante crisis económica, ocasionada principalmente por las guerras napoleónicas en Europa. Aunque lejos en apariencia, éste conflicto afecta de manera indirecta a toda América. Aunado para colmo de males, la ingenua firma del Tratado de Fontainebleau por el valido del rey e España, Manuel Godoy, quien le permitía al ejército francés cruzar por su territorio para invadir a Portugal. Napoleón, aprovechó la situación y envió alrededor de 100.000 soldados a la Península Ibérica, generándose de inmediato el descontento generalizado de la población y las revueltas sucesivas en contra del rey Carlos IV y a favor de su hijo Fernando VII. Presionado, el padre escapa a Francia. El nuevo rey de España, Fernando VII, busca el reconocimiento del Emperador Francés y viaja a principios de mayo a Bayona, Francia, para entrevistarse con él, y se entera que Napoleón tiene otros planes: el sustituir a los Borbones por los Bonaparte, nombrando asi a su hermano mayor, José, cómo el nuevo rey de España. Fernando VII es apresado.


Napoleón Bonaparte, emperador de Francia
José I Bonaparte, rey de España
Joaquín Murat, rey de Nápoles

En Venezuela se corrían rumores pero la información oficial llegó a mediados de julio, dos meses después del derrocamiento y apresamiento del rey Fernando VII en Francia. El bergantín francés “Serpent” atraca en el puerto de La Guaira y su capitán sube a Caracas para solicitarle al Capitán General de Venezuela, Juan de Casas y Barrera, que reconociese como nuevo rey de España a José I Bonaparte. El empleado de la gobernación que sirvió como traductor, fue un joven de 27 años de edad, Andrés Bello. El Capitán General no se precipita y por los momentos no toma una decisión, pero en el ínterin, la noticia se corre por la capital y se despertó, otra vez, el fervor independentista de algunos, no de todos, ni siquiera de la mayoría. Pero de igual forma, la algarabía de la muchedumbre, apoyando al depuesto rey de España, Fernando VII, obliga al capitán del bergantín francés a bajar de nuevo a La Guaira y refugiarse en su barco en espera de la respuesta positiva de Juan de Casas.  Evento que pasará a la historia como “La rebelión de los mantuanos”, pero no termina allí. Mientras los franceses esperan ansiosos en su barco la respuesta oficial, llega también al Puerto de La Guaira un barco de guerra inglés, la fragata “Acasta”, más grande y mejor equipada que su contraparte la francesa y la toma sin mayor resistencia , apresando a su capitán.


La fragata inglesa Acasta  al mando del capitán Philip Beaver, somete al
bergantín francés de Serpent junto a su capitán, en el Puerto de La Guaira,
limitando así la influencia napoleónica en el Caribe.

Ahora, es el turno del capitán inglés, Philip Beaver, quien sube a Caracas y solicita audiencia con Juan de Casa. Interesante cambio de eventos; hasta hace nada Reino Unido era enemigo acérrimo de España, pero como las oportunidades se presentan calvas, Inglaterra, más enemiga de Napoleón, es de pronto y por pura conveniencia, la nueva amiga de España.

La ciudad de Caracas a principios del siglo XIX con la esbelta torre de
la catedral antes de su derrumbe en el Terremoto de 1812.

El Capitán General de Venezuela tiene un dilema, reconocer al nuevo rey, Fernando VII, aunque apresado, o serle fiel al depuesto Carlos IV. Los mantuanos, que poseen una agenda oculta, apoyan, tan sólo de palabra, al nuevo rey, pero desean crear una Junta Provincial, la cual les daría a los venezolanos más autonomía, distanciándose tanto de Francia como de España, inspirados por supuesto en el éxito obtenido por los Estados Unidos veinticinco años atrás, cuando se independizaron de Gran Bretaña.

La familia real española en 1800. Cuadro pintado por Francisco Goya, quien
aparece atrás y que en la actualidad está en el Museo del Prado.
El rey Carlos IV a la derecha y su hijo Fernando, futuro rey de España,
se destaca a la izquierda de azul, junto a la esposa que aún no conoce, razón
por la cual su rostro no se muestra.

Los mantuanos: José Félix Ribas, Mariano Montilla, Martín Tovar, Simón Bolívar, su hermano Juan Vicente, entre otros, vociferan y caldean los ánimos. Ya ni siquiera los satisface el crear una Junta, ya hablan de independencia. El Capitán General, entre la espada y la pared, desea poner orden y les sugiere al grupo que se retiren a sus haciendas, para no tener que arrestarlos y crear así otro conflicto, uno de carácter social, siendo todos ellos hijos de prominentes familias de muy alto poder económico.

Primer mapa de la ciudad de Caracas elaborado en 1578

Juan de Casas entonces solicita al consejo del Ayuntamiento que se pronuncie y proponga una alternativa. Ellos después de intensas deliberaciones llegan a la conclusión de crear, efectivamente, una Junta Provincial, compuesta por 18 miembros que incluya incluso a un representante del pueblo. Los mantuanos están eufóricos pero el Capitán General no tanto, si él acepta la propuesta diluye su poder. Para suerte suya y sin aun haber proclamado su decisión, llega desde España un barco en representación de la Junta Suprema de Sevilla, portavoz del depuesto rey Fernando VII, ratificándolo como Capitán General. El orden se había restituido, pero los mantuanos, tan cerca de lograr su objetivo, se vieron traicionados por el destino, e intentaron desesperadamente retomar el control.

La Junta Suprema de Sevilla, creada a finales de mayo de 1808, se conforma
con representantes de otras Juntas Provinciales de España, como poder político
que se resiste al nuevo gobierno impuesto por Napoleón.

Se reunieron en casa de José Félix Ribas, mantuanos, criollos y militares descontentos, redactaron y firmaron un documento, en el que se le solicitaba a Juan de Casas la creación de la Junta Suprema de Caracas, para así distanciarse de España en caso dado que Francia tomara el control absoluto del reino.

Bandera que será adoptada en 1810 por la Junta Suprema de Caracas, en la
que se destaca en la franja centra el "apoyo" al rey Fernando VII.

Juan de Casas recibe el documento, lo analiza, evalúa las consecuencias, convoca a las milicias y ordena el arresto de las 45 personas que habían firmado la petición “conspiradora”, entre ellos el conde de Tovar, el marqués del Toro y Antonio Fernández de León, futuro marqués de Casa León.


Las milicias, fieles al rey, arrestan a todos los conspiradores: mantuanos,
criollos y soldados descontentos, que buscaban crear una Junta de Gobierno
independiente a la de España en su afán de independencia.

Para mayo de 1809 todos los involucrados ya habían sido liberados y la conspiración erradicada, pero no el descontento y la determinación de sus cabecillas, que habrán de esperar hasta el 19 de abril de 1810 para ver su sueño hecho realidad.


Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

jueves, 7 de noviembre de 2013

Antonio Guzman Blanco: El Ilustre Americano


Existen mandatarios soberbios, autócratas e irreverentes, que se han aferrado al poder sólo para satisfacer su ego y su bolsillo, manipulando a las instituciones, doblegándolas hasta lograr que les rindan pleitesía, y una vez logrado, arremeten en contra de los países extranjeros, no sólo para buscar las reivindicaciones que consideran justas, sino para, en el escándalo generado, hacerse oír, tanto afuera como adentro del país. Todo eso hizo Antonio Guzmán Blanco y fue el mejor, patrón de referencia de todos los demás, quienes copiaron su estilo y lo trataron de adaptar a sus realidades y a sus épocas. Pero ninguno como él, quien unificó a Venezuela, creándole su identidad nacional y construyó además, como ninguno, la historia arquitectónica del país.

General Antonio Guzmán Blanco
Autor: Martín Tovar y Tovar, 1880
Ministerio del Poder Popular para
Relaciones Exteriores.

Antonio Guzmán Blanco nace en Caracas en 1829, heredando el perfil político de su padre, Antonio Leocadio Guzmán, quien fue fundador del Partido Liberal, Vice Presidente de Venezuela y cuatro veces Ministro de Interior y Justicia, y parte de la fortuna de su madre, Carlota Blanco de Aristeguieta. Pero a pesar de esta anhelada posición aristocrática, su familia no era del agrado de casi nadie, debido a la ambigüedad oportunista del padre, quien cambiaba de bando político a conveniencia personal, desarrollando en el joven Antonio una personalidad de hierro, para poder enfrentar con dignidad, los desagravios sociales a consecuencia de las acciones de éste.

Antonio Leocadio Guzmán
Autor: Martín Tovar y Tovar, 1874

Su impresionante carrera política despegó, casi, por casualidad. Antonio, estudiante de derecho para ese entonces, ejerce un cargo menor en el gobierno y fija su atención en la nieta del entonces presidente de Venezuela, el general José Tadeo Monagas, quien desaprueba la relación, pero poco podía hacer para distanciarla, hasta que vio, unos años después, en el horizonte lejano, la solución y nombra a Antonio, de tan sólo 25 años de edad, cónsul en la ciudad de Filadelfia en los Estados Unidos. Lo que éste nombramiento representaba para su futuro era más que el amor que lo unía a Luisa Teresa Giuseppi. Se marcha para el país norteamericano y desempeña su labor de manera impecable, recibiendo cada vez más cargos diplomáticos en el extranjero y de mayor relevancia, hasta que lograr ser el de Jefe de la Delegación Venezolana en Washington, y aun no cumplía los treinta.

José Tadeo Monagas

Un punto de inflexión en la vida de Antonio, que definió su carácter y afianzó como nunca su política liberal, fue La Revolución de Marzo de 1858, evento en que el ejército venezolano, ya cansado del abuso de poder de los hermanos Monagas, quienes habían modificación la Constitución Nacional a su conveniencia política impulsada por el entonces presidente, José Tadeo, y en la que se extendía el período presidencial de cuatro a seis años y permitiéndose además, por primera vez en la historia del país, la reelección inmediata. Esta revolución fue liderada por Julián Castro, quien asume el gobierno, y era, hasta ese día, fiel y gran amigo del ahora depuesto gobernante, como casi siempre pasa.

Julián Castro, presidente de Venezuela de 1858 al 1859.

 
El padre de Antonio, en una acción característica de su oportunismo político, siendo Vicepresidente de la Nación, se separa de inmediato de su aliado partidista y aclama su destitución e incluso su muerte, buscando, en éste acto de traición, un posible nuevo cargo en el nuevo gobierno conservador de Julián Castro, pero él, unos meses después, al no haber recibido ninguna regalía por su cabalgata traidora, participa en una conspiración (La Galipanada) y es obligado a exiliarse del país.

Antonio, apenas se enteró de esta cuestionable acción de su padre, se regresa de inmediato a Venezuela para aprovechar el caos reinante, ante la falta de carácter del nuevo presidente y afianzar nuevamente, debido a la crisis, el liberalismo, pero debido a la conspiración, aunque él no tuvo ninguna participación, es obligado a exiliarse y va rumbo a Curazao. Allí, junto a Juan Crisóstomo Falcón, se gesta la terrible Guerra Federal, que habrá de sumir al país en una sangrienta guerra ideológica: Conservadores versus Liberales. La guerra va a durar cinco años (1859 al 1863), teniendo en consecuencia un altísimo costo en vidas, alrededor de 200.000 personas, lo que equivale para ese entonces al 10% de la población, y una merma casi total de la ganadería nacional, en vista que casi todas las batallas se dieron en los Llanos.

El General Antonio Guzmán Blanco gesta su
carrera política con la suma de sus victorias
durante La Guerra Federal.

Como a veces ocurre en la lucha armada, los mismos aliados se enfrentan y la rivalidad pone en peligro la victoria, pero Antonio, quien se ganó la confianza de Juan Crisóstomo Falcón, intercede para conciliar a las partes, logrando enrumbar nuevamente a Ezequiel Zamora a la causa Federal. Este hecho, además de lo versátil y audaz que fue en sus campañas militares, todas exitosas, hacen de Antonio un político y militar de gran talla, lográndose al final el triunfo arrollador de los federales, y encaminándose él a la presidencia, lo cual logró por primera vez en 1870.

Arco de la Federación, inaugurado en 1895 por el presidente Joaquín Crespo en
homenaje al triunfo de los liberales en La Guerra Federal (1859 al 1863)

Con su característico estilo político, Antonio Guzmán Blanco, se apropia autocráticamente del poder en tres oportunidades: El Septenio (1870 al 1877); El Quinquenio (1879 al 1884) y el Bienio (1886 al 1888), creándose para sí, una de las mayores fortunas personales, utilizando distintas artimañas legales para conseguirlo, desarrollando una estructura de corrupción nacional muy imitada de allí en adelante, por la gran mayoría de los que han ostentado él poder. Pero a diferencia de muchos, logra a su vez, importantes progresos sociales, culturales y civiles.

Estatua de Antonio Guzmán Blanco conocida como "El Saludante",
frente al Palacio de las Academias en Caracas. Hoy inexistente.
 

Su interés masónico: intelectual y progresista, lo lleva a enfrentarse con La Iglesia Católica, para esa época retrógrada y muy conservadora, pero la única institución, hasta el momento, no doblegada por él.

Rivaliza con el recién nombrado Arzobispo de Caracas, Monseñor Guevara y Lira, a quien presiona de forma directa e indirecta, eliminándole o limitándole las prerrogativas que esta institución, hasta la fecha, gozaba. Las más relevantes, de carácter político, fueron: crear el Registro Civil, eliminando el Registro Parroquial, con el cual, la Iglesia Católica presionaba a todo ciudadano, fuera de la fe que fuera, a ser bautizado, para registrar así su nacimiento; impone a su vez como requisito legal el matrimonio civil antes que el religioso y aprueba el divorcio; crea la educación pública y gratuita y laica; ordena el cierre de todos los monasterios, claustros y templos, transfiriendo la educación superior a las universidades; y decreta la separación de La Iglesia Venezolana de la autoridad Vaticana, con lo que logra, en 1873, finalmente, por el papa León XIII, en un intento desesperado de evitar daños mayores, sustituyendo al Arzobispo y otorgándole total libertad a Antonio para que nombrase él a quien más le conviniera, lo cual hizo. En gratitud, Antonio Guzmán Blanco, va a construir importantes iglesias: La Iglesia de Santa Ana, la de Santa Teresa y La Basílica de Santa Capilla.

Una edificación, dos iglesias: Santa Ana y Santa Teresa, finalizada en 1881.
Cabe destacar que la esposa de Antonio Guzmán Blanco se llama Ana Teresa.
Basílica Menor Santa Capilla, construida en 1883 en tan sólo 6 meses.

Pero algunas antiguas sedes religiosas dan paso a lo modernidad visualizada por Antonio, quien ordena la construcción del Palacio Federal Legislativo en los terrenos expropiados del Convento de las Reverendas Madres de la Inmaculada Concepción, edificación que fue parcialmente inaugurada en 1873, a cinco meses del inicio de la obra. Las instalaciones, hasta 1961, albergó las sedes del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Palacio Federal Legislativo, finalizado en 1877 y diseñado por Luciano Urdaneta.

De igual manera, otra sede religiosa expropiada fue la Iglesia de la Santísima Trinidad, la cual estaba en ruinas desde el terremoto de Caracas de 1812. Antonio decide construir allí el Panteón Nacional, para albergar los cuerpos de todos los personajes relevantes, incluyendo, a futuro, el suyo… por supuesto, lo que no logró hasta 1999. La arquitectura de la edificación debía ser grandiosa, pero no podía ser identificada como una construcción eclesiástica. El cuerpo de Simón Bolívar, que reposaba desde 1842, hasta la fecha, en La Catedral de Caracas, es trasladado al recinto en 1874. Antonio Guzmán Blanco, para tan magno evento, va de la mano de la nana de Simón Bolívar, la Negra Matea, que a la fecha cuenta con 101 años de edad. Ella muere a la edad de 112 años.

Antigua iglesia de la Santísima Trinidad, destruida por
el Terremoto de Caracas en 1812.
Ilustración: Ferdinand Bellermann, mediados del siglo XIX
Diseño original del Panteón al momento de su inauguración en 1875.
 
El Panteón Nacional de Venezuela, re inaugurado en 1929. Diseño de
Manuel Mujica Millán.

En el ámbito cultural, deseando imitar el modelo parisino, desarrollado por el emperador Napoleón III, construye el Teatro Baralt en la ciudad de Maracaibo y el Teatro Guzmán Blanco, hoy en día teatro Municipal de Caracas. A su vez, crea becas artísticas, de los cuales salen favorecidos: Arturo Michelena y Cristóbal Rojas, entre otros.

Teatro Guzmán Blanco, actual Teatro Metropolitano.
Diseñado por el arquitecto Jesús Muñoz Tébar y finalizado
en 1881. Su primera obra fue la ópera Il Trovatore de
Giuseppe Verdi.

Propaga el nacionalismo independentista, adoptando en 1881 el “Gloria al Bravo Pueblo”, como Himno Nacional de Venezuela, música patriota creada el 19 de abril de 1810 y atribuida a  Vicente Salias y a Juan José Landaeta. También instaura La Casa de la Moneda y sustituye la moneda de circulación nacional: el “Peso Venezolano” por el “El Venezolano” y luego por El “Bolívar”, a partir de 1879.


Moneda de oro de 100 Bolívares, "El Pachano", en honor a
Jacinto Regino Pachano, inspector de la Casa de la Moneda.

En 1874, en la Plaza Bolívar, antigua Plaza de Armas, Antonio Guzmán Blanco hace erigir la estatua del Libertador, réplica de la estatua en la plaza homónima de la ciudad de Lima, Perú, diseñada en 1825 por el escultor italiano Adamo Tadolini.


Plaza Bolívar, antigua Plaza de Armas de Caracas.

Construye el Parque del Calvario, originalmente llamado Parque Antonio Guzmán Blanco, como casi todo lo que hacía.

Estatua de Antonio Guzmán Blanco, mejor conocida como "el Manganzón",
en lo alto de las escalinatas del Parque del Calvario. Esta estatua luego fue
derribada y en su lugar se colocó la de Cristóbal Colón que a su vez fue
sustituida por la del Cacique Guaicaipuro, que también fue desplazada para
ubicar, por ahora, la de Ezequiel Zamora.


Crea una sede permanente para el Templo Masónico de Caracas, instala las primeras redes telefónicas, comienza con el trazado eléctrico nacional y crea el sistema de alcantarillado y cloacas, destinando su caudal residual, por mala asesoría, al río Guaire.

Moderniza la red ferroviaria, realizando una proeza de ingeniería para la época. Construye la línea que va desde el Puerto de la Guaira hasta Caracas, con una diferencia de 900 metros de altura y la Cordillera del Centro en el medio.

El tren a la Guaira ayudó al crecimiento de la ciudad de Caracas.

En 1888, aquejado de mala salud y mucha impopularidad, prefiere renunciar, dejando en el cargo a su fiel amigo, Juan Pablo Rojas Paúl, para retirarse él a su amada París en donde va a morir en 1899.

Cortejo fúnebre de Antonio Guzmán Blanco en París, 1899.

A lo largo de las décadas, Antonio Guzmán Blanco, ha tenido grandes admiradores y muchos detractores, pero no hay duda, lo que somos hoy como Nación, en gran medida se la debemos a él.

El escritor Tomás Polanco Alcántara escribe en 1992, Guzmán Blanco: Una tragedia en seis partes y un epílogo y el dramaturgo José Ignacio Cabrujas escribe en 1986 El Americano Ilustrado, obra puesta en escena en el año 2000, por El Grupo Actoral 80.


Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi
 

jueves, 26 de septiembre de 2013

1848, el asalto al Congreso Venezolano


Es el año 1848  y Venezuela vive en ésta época una pugna presidencialista entre el partido tradicional de gobierno: Los Conservadores, con José Antonio Páez a la cabeza y el partido Liberal, recién fundado, liderado por José Tadeo Monagas.

José Antonio Páez y José Tadeo Monagas, en una época
aliados en contra de la opresión española, ahora enemigos
políticos en un país republicano.

Páez, a sus 58 años de edad, hasta el momento había sido el hombre fuerte de Venezuela y del Partido Conservador: logrando él la presidencia en dos oportunidades: de 1830 a 1835 y nuevamente de 1839 a 1843, y su otro candidato del partido, Carlos Soublette (de 1837 al 39 y de 1843 al 47). Sólo por un par de años (1835 a 1837), otros hombres ejercieron el cargo casi de forma efímera: Andrés Narvarte, José María Vargas y José María Carreño.

Mapa de Venezuela realizado en 1890 por el cartógrafo L. Robelin.

El llamado Partido Conservador estaba conformado por la oligarquía económica, siempre criticada por el pueblo, a pesar de ser los únicos que daban trabajo remunerado, y por Páez, ex prócer de la Independencia, quien era muy carismático con los más desposeídos. Muchos historiadores acuerdan en considerar que el período de José Antonio Páez es la “Edad Dorada de Venezuela”: logrando estabilizar y pacificar, no sin esfuerzo, los intereses individuales de muchos caudillos, tras una agotadora guerra de independencia y creando las condiciones para un crecimiento económico sustentable, basado en las exportaciones del café y cacao.

Bandera Nacional decretada por el Congreso en 1836.
Manteniéndose como el Pabellón Nacional hasta 1859, momento en que comenzó
La Guerra Federale.

Para las elecciones del año 1846 los ánimos populares estaban caldeados, aunque para ésta fecha el ciudadano común no tiene poder electoral, solo un puñado de personas, menos de 9.000, están facultadas para elegir los destinos del país. El pueblo está cansado de Páez y de sus títeres, y él lo sabe, así que decide adelantarse a los hechos y busca, en el partido opositor: Los Liberales, al candidato ideal para la presidencia, congraciándose con ellos y poder permanecer tranquilo cuatro años en la sombra, hilando y manipulando, hasta que el clamor popular, arrepentido, lo volviera a llevar a él, Páez, a la presidencia. Pero sin duda subestimó en demasía a su postulado: José Tadeo Monagas.

Una vez electo el nuevo presidente, José Antonio Páez y sus seguidores conservadores se dan cuenta que José Tadeo Monagas no es un hueso fácil de roer y buscan la manera de quitárselo de encima; enjuiciándolo en el Congreso por infracciones a la constitución. Los Conservadores saben que van a ganar, ya que tienen mayoría en las dos cámaras: la de Representantes (diputados) y la del Senado. “El enemigo público”, Monagas, tiene sus días contados.

José Tadeo Monagas
Autor: Martín Tovar y Tovar, 1858
Palacio Municipal de Caracas

Más allá de las luchas políticas entre los altos jerarcas gubernamentales, dos medios de comunicación también se enfrentan, cada uno defendiendo su punto de vista y el de sus lectores: Juan Vicente González con el periódico La Prensa, apoya a Los Conservadores, y Blas Bruzual  con su diario El Republicano, apoya a Los Liberales y al presidente. Es una guerra civil de opinión, cargada con frases de artillería y que en el momento de la verdad van a lograr el objetivo que buscaban.

El día, 24 de enero de 1848, las dos cámaras parlamentarias están reunidas y deliberando, mientras la masa popular se aglomera enaltecida en las afueras del Congreso Nacional, localizado en el antiguo convento de San Francisco. Ante la evidente inseguridad existente se propone trasladar la deliberación a Puerto Cabello, lo que atrasaría en varios días la destitución del presidente y le permitiría a éste salir inmune, así que se quedan en Caracas. Pero como medida de seguridad se conforma una guardia civil de 60 hombres.

Daguerrotipo del antiguo convento de San Francisco, en donde se
reunían las dos cámaras del Congreso: los diputados y los senadores.

El pueblo está expectante. En eso y como ya era costumbre, se presenta al recinto el secretario del Interior, el Dr. Sanabria, para entregar su mensaje anual al Congreso, y los senadores y diputados, muy nerviosos deciden, puertas adentro, tomarlo a él como rehén para utilizarlo como posible salvoconducto. Pero el hecho se filtra a la masa y entonces comienza el caos. Los Liberales logran entrar, no sin recibir bajas, cobrando caro la sangre derramada, matando ellos a su vez, a diestra y siniestra. Una vez finalizada la masacre y puesto los sobrevivientes a resguardo, llega el presidente José Tadeo Monagas y “pone orden” al caos, transformándose en el héroe del día. Está más que decir, que él fue el más beneficiado, llegándose incluso a pensar, que él estuvo detrás de toda la revuelta, alentando los disturbios; un autogolpe.

Con fuertes medidas de seguridad, al día siguiente se vuelven a reunir las dos cámaras, los sobrevivientes, algunos por voluntad propia, pero la mayoría, la opositora, bajo amenaza y amedrentamiento. La fuerza ejecutiva logró doblegar a la legislativa y ésta entregó, en éste acto, toda la soberanía que poseía a lo largo del siglo XIX, creando un peligroso precedente que se repetirá en los siglos siguientes: XX y XXI.

El Palacio de las Academias se alza en la antigua sede del
Convento de San Francisco, diseñado por Juan Hurtado Manrique
y construido por orden de Antonio Guzmán Blanco en 1876.

“Asesinó al Congreso” según palabras de Páez, que de inmediato se alza en armas, pero pronto es derrotado y se ve obligado a exiliarse, una de tantas veces a lo largo de la dinastía de los Monagas: José Tadeo y José Gregorio, que durará un poco más de una década y pasará a la historia como el “Monagato” y, éste último, excepto por la liberación de los esclavos, fue considerado por más de un siglo y medio, el presidente más impopular de Venezuela, sólo superado recientemente.

Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

 

             

viernes, 28 de junio de 2013

El Manifiesto de Cartagena. Segunda Parte

Por razones de espacio me vi obligado a dividir el documento de dos, anexo publico la segunda y última parte.

El Manifiesto de Cartagena (continuación)

Por otra parte, ¿qué país del mundo, por morigerado y republicano que sea, podrá, en
medio de las facciones intestinas y de una guerra exterior, regirse por un gobierno tan
complicado y débil como el federal? No es posible conservarlo en el tumulto de los
combates y de los partidos. Es preciso que el Gobierno se identifique, por decirlo así, el
carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean . Si éstos
son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si con calamitosos y
turbulentos, él debe mostrarse terrible y armarse de una firmeza igual a los peligros, sin
atender a las leyes, ni constituciones, ínterin no se restablece la felicidad y la paz.

Caracas tuvo mucho que padecer por defecto de la confederación, que lejos de
socorrerla le agotó sus caudales y pertrechos; y cuando vino el peligro la abandonó a su
suerte, sin auxiliarla con el menor contingente. Además, le aumentó sus embarazos
habiéndose empeñado una competencia entre el poder federal y el provincial, que dio
lugar a que los enemigos llegasen al corazón del Estado, antes que se resolviese la
cuestión de si deberían salir las tropas federales o provinciales, o rechazarlos cuando ya
tenían ocupada una gran porción de la Provincia. Esta fatal contestación produjo una
demora que fue terrible para nuestras armas. Pues las derrotaron en San Carlos sin que
les llegasen los refuerzos que esperaban para vencer.

Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los
enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos
en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese
puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas.

Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes
moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación entre
nosotros, porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente,
y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción; por lo que jamás se vio en
Venezuela una votación libre y acertada, lo que ponía al gobierno en manos de hombres
ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales. El espíritu de partido decidía en todo,
y por consiguiente nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron. Nuestra
división, y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud.

El terremoto del 26 de marzo trastornó, ciertamente, tanto lo físico como lo moral, y
puede llamarse propiamente la causa inmediata de la ruina de Venezuela; mas este
mismo suceso habría tenido lugar, sin producir tan mortales efectos, si Caracas se
hubiera gobernado entonces por una sola autoridad, que obrando con rapidez y vigor
hubiese puesto remedio a los daños, sin trabas ni competencias que retardando el efecto
de las providencias dejaban tomar al mal un incremento tan grande que lo hizo
incurable.

Si Caracas, en lugar de una confederación lánguida e insubsistente, hubiese establecido
un gobierno sencillo, cual lo requería su situación política y militar, tú existieras ¡Oh
Venezuela! y gozaras hoy de tu libertad.

La influencia eclesiástica tuvo, después del terremoto, una parte muy considerable en la
sublevación de los lugares y ciudades subalternas, y en la introducción de los enemigos
en el país, abusando sacrílegamente de la santidad de su ministerio en favor de los
promotores de la guerra civil. Sin embargo, debemos confesar ingenuamente que estos
traidores sacerdotes se animaban a cometer los execrables crímenes de que justamente
se les acusa porque la impunidad de los delitos era absoluta, la cual hallaba en el
Congreso un escandaloso abrigo, llegando a tal punto esta injusticia que de la
insurrección de la ciudad de Valencia, que costó su pacificación cerca de mil hombres,
no se dio a la vindicta de las leyes un solo rebelde, quedando todos con vida, y los mas
con sus bienes.

De lo referido se deduce que entre las causas que han producido la caída de Venezuela,
debe colocarse en primer lugar la naturaleza de su constitución, que, repito, era tan
contraria a sus intereses como favorables a los de sus contrarios. En segundo, el espíritu
de misantropía que se apoderó de nuestros gobernantes. Tercero: la oposición al
establecimiento de un cuerpo militar que salvase la República y repeliese los choques
que le daban los españoles. Cuarto: El terremoto acompañado del fanatismo que logró
sacar de este fenómeno los más importantes resultados; y últimamente las facciones
internas que en realidad fueron el mortal veneno que hicieron descender la patria al
sepulcro.

Estos ejemplos de errores e infortunios no serán enteramente inútiles para los pueblos
de la América meridional, que aspiran a la libertad e independencia.

La Nueva Granada ha visto sucumbir a Venezuela; por consiguiente debe evitar los
escollos que han destrozado a aquella. A este efecto presento como una medida
indispensable para la seguridad de la Nueva Granada la reconquista de Caracas. A
primera vista parecerá este proyecto inconducente, costoso y quizá impracticable; pero
examinando atentamente con ojos previsivos, y una meditación profunda, es imposible
desconocer su necesidad como dejar de ponerlo en ejecución, probada la utilidad.

Lo primero que se presenta en apoyo de esta operación es el origen de la destrucción de
Caracas, que no fue otro que el desprecio con que miró aquella ciudad la existencia de
un enemigo que parecía pequeño, y no lo era considerándolo en su verdadera luz.

Coro ciertamente no habría podido nunca entrar en competencia con Caracas, si la
comparamos, en sus fuerzas intrínsecas, con ésta; más como en el orden de las
vicisitudes humanas no es siempre la mayoría de la masa física la que decide, sino que
es la superioridad de la fuerza moral la que inclina hacia sí la balanza política, no debió
el Gobierno de Venezuela, por esta razón, haber descuidado la extirpación de un
enemigo, que aunque aparentemente débil tenía por auxiliares a la Provincia de
Maracaibo; a todas las que obedecen a la Regencia; el oro y la cooperación de nuestros
eternos contrarios, los europeos que viven con nosotros; el partido clerical, siempre
adicto a su apoyo y compañero el despotismo; y sobre todo, la opinión inveterada de
cuantos ignorantes y supersticiosos contienen los límites de nuestros estados. Así fue
que apenas hubo un oficial traidor que llamase al enemigo, cuando se desconcertó la
máquina política, sin que los inauditos y patrióticos esfuerzos que hicieron los
defensores de Caracas, lograsen impedir la caída de un edificio ya desplomado por el
golpe que recibió de un solo hombre.

Aplicando el ejemplo de Venezuela a la Nueva Granada y formando una proporción,
hallaremos que Coro es a Caracas como Caracas es a la América entera;
consiguientemente el peligro que amenaza a este país está en razón de la anterior
progresión, porque poseyendo la España el territorio de Venezuela, podrá con facilidad
sacarle hombres y municiones de boca y guerra, para que bajo la dirección de jefes
experimentados contra los grandes maestros de la guerra, los franceses, penetren desde
las Provincias de Barinas y Maracaibo hasta los últimos confines de la América
meridional.

La España tiene en el día gran número de oficiales generales, ambiciosos y audaces,
acostumbrados a los peligros y a las privaciones, que anhelan por venir aquí, a buscar
un imperio que reemplace el que acaban de perder.

Es muy probable que al expirar la Península, haya una prodigiosa emigración de
hombres de toda clase, y particularmente de cardenales, arzobispos, obispos, canónigos
y clérigos revolucionarios, capaces de subvertir, no sólo nuestros tiernos y lánguidos
estados, sino de envolver el Nuevo Mundo entero en una espantosa anarquía. La
influencia religiosa, el imperio de la dominación civil y militar, y cuantos prestigios
pueden obrar sobre el espíritu humano, serán otros tantos instrumentos de que se
valdrán para someter estas regiones.

Nada se opondrá a la emigración de España. Es verosímil que la Inglaterra proteja la
evasión de un partido que disminuye en parte las fuerzas de Bonaparte en España, y trae
consigo el aumento y permanencia del suyo en América. La Francia no podrá impedirla;
tampoco Norteamérica; y nosotros menos aún pues careciendo todos de una marina
respetable, nuestras tentativas serán vanas.

Estos tránsfugos hallarán ciertamente una favorable acogida en los puertos de
Venezuela, como que vienen a reforzar a los opresores de aquel país y los habilitan de
medios para emprender la conquista de los estados independientes.

Levantarán quince o veinte mil hombres que disciplinarán prontamente con sus jefes,
oficiales, sargentos, cabos y soldados veteranos. A este ejército seguirá otro todavía más
temible de ministros, embajadores, consejeros, magistrados, toda la jerarquía
eclesiástica y los grandes de España, cuya profesión es el dolo y la intriga,
condecorados con ostentosos títulos, muy adecuados para deslumbrar a la multitud; que
derramándose como un torrente, lo inundará todo arrancando las semillas y hasta las
raíces del árbol de la libertad de Colombia. Las tropas combatirán en el campo; y éstos,
desde sus gabinetes, nos harán la guerra por los resortes de la seducción y del fanatismo.
Así pues, no queda otro recurso para precabernos de estas calamidades, que el de
pacificar rápidamente nuestras provincias sublevadas, para llevar después nuestras
armas contra las enemigas; y formar de este modo soldados y oficiales dignos de
llamarse las columnas de la patria.

Todo conspira a hacernos adoptar esta medida; sin hacer mención de la necesidad
urgente que tenemos de cerrarle las puertas al enemigo, hay otras razones tan poderosas
para determinarnos a la ofensiva, que sería una falta militar y política inexcusable, dejar
de hacerlo. Nosotros nos hallamos invadidos, y por consiguiente forzados a rechazar al
enemigo más allá de la frontera. Además, es un principio del arte que toda guerra
defensiva es perjudicial y ruinosa para el que la sostiene; pues lo debilita sin esperanza
de indemnizarlo; y que las hostilidades en el territorio enemigo siempre son
provechosas, por el bien que resulta del mal del contrario; así, no debemos, por ningún
motivo, emplear la defensiva.

Debemos considerar también el estado actual del enemigo, que se halla en una posición
muy crítica, habiéndoseles desertado la mayor parte de sus soldados criollos; y teniendo
al mismo tiempo que guarnecer las patrióticas ciudades de Caracas, Puerto Cabello, La
Guaira, Barcelona, Cumaná y Margarita, en donde existen sus depósitos, sin que se
atrevan a desamparar estas plazas, por temor de una insurrección general en el acto de separarse de ellas. De modo que no sería imposible que llegasen nuestras tropas hasta
las puertas de Caracas, sin haber dado una batalla campal.

Es una cosa positiva que en cuanto nos presentemos en Venezuela, se nos agregan
millares de valerosos patriotas, que suspiran por vernos parecer, para sacudir el yugo de
sus tiranos y unir sus esfuerzos a los nuestros en defensa de la libertad.

La naturaleza de la presente campaña nos proporciona la ventaja de aproximarnos a
Maracaibo por Santa Marta, y a Barinas por Cúcuta. Aprovechemos, pues, instantes tan
propicios; no sea que los refuerzos que incesantemente deben llegar de España, cambien
absolutamente el aspecto de los negocios y perdamos, quizás para siempre, la dichosa
oportunidad de asegurar la suerte de estos estados. El honor de la Nueva Granada exige
imperiosamente escarmentar a esos osados invasores, persiguiéndolos hasta sus últimos
atrincheramientos. Como su gloria depende de tomar a su cargo la empresa de marchar
a Venezuela, a libertar la cuna de la independencia colombiana, sus mártires y aquel
benemérito pueblo caraqueño, cuyos clamores sólo se dirigen a sus amados
compatriotas los granadinos, que ellos aguardan con una mortal impaciencia, como a
sus redentores. Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen en las
mazmorras, siempre esperando su salvación de vosotros; no burléis su confianza; no
seáis insensibles a los lamentos de vuestros hermanos. Id veloces a vengar al muerto, a
dar vida al moribundo, soltura al oprimido, y libertad a todos.

Cartagena de Indias, diciembre 15 de 1812.


Simón Bolívar