martes, 27 de enero de 2015

Alexander Selkirk el verdadero Robinson Crusoe



Siempre ha sido un tema muy atractivo cuando se lee de alguna persona que abandonada por años en una isla desierta es rescatada; es interesante cuando le pasa a alguien más y es uno el que lo lee, y más aún, cuando la persona en cuestión, de manera voluntaria es la que decide quedarse. Sus anécdotas pudieron haber inspirado la obra maestra de la literatura universal, Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, publicada en el año 1718.

 
El personaje creado por Daniel Defoe, inspirado en Alexander Selkirk,
contaba con un compañero, al que él le pone el nombre de Viernes.

Alexander Selkirk era un inquieto e impulsivo escocés, quien, muy lejos de imaginarse en ser una inspiración para nadie, abandonó la seguridad de un próspero negocio de talabartería creado por su padre y su país natal, para aventurarse al mar, y no a cualquier mar, ni a cualquier trabajo, sino al Océano Pacífico y de pirata como profesión, al mando del capitán William Dampier.

 
William Dampier es considerado por los españoles
un pirata, pero para los ingleses él representa uno
de los mejores exploradores de todos los tiempos.
Circunvaló la Tierra en tres oportunidades.

Para esa fecha, principios del siglo XVIII, en el marco de La Guerra de Sucesión Española, la piratería era un trabajo honorable para el país, porque los bucaneros trabajaban para el reino de Gran Bretaña y ésta profesión era legal siempre y cuando robaran los botines de los barcos del enemigo: España y Francia, y pagaran, por supuesto, a la corona el respectivo impuesto.

 
La prematura muerte del rey Carlos II de España, el Hechizado,
a sus 38 años, sin haber logrado tener descendencia, desencadena
La Guerra de Sucesión Española, reavivando en Europa
las antiguas rivalidades entre la muy poderosa familia Habsburgo
y los Borbones.

Era el año 1704 y William Dampier era uno de esos capitanes, que impulsados por la codicia, ponía constantemente en peligro la seguridad de su tripulación y la de sus naves: la St George  y la Cinque Ports, dirigida ésta última por Selkirk, y a pesar de eso siempre corría con suerte, pero debido a las constantes imprudencias riesgosas de su capitán, Alexander Selkirk se le enfrentaba casi de manera continua, hablando él en nombre de una tripulación temerosa, pero Dampier no escuchaba, estaba enceguecido y deseaba acción.

 
La labor de un bucanero inglés en esa época no era sólo perseguir y saquear
barcos enemigos por sus tesoros, sino explorar y expandir la influencia
británica por todo el Mundo.

Intentando cruzar el Cabo de Hornos, en el extremo sur de Argentina, ambos barcos, el St George y el Cinque Ports tuvieron que enfrentar tres tormentas que debilitaron la estructura de éste último, pero, a pesar de la dificultad, lograron sortear el mal clima y cruzaron del otro lado del continente, al Océano Pacífico y a un mundo con inmensas posibilidades económicas. La tripulación, a punto de amotinarse, recurre a Selkirk como su portavoz, y mientras se abastecían en la isla desierta de Juan Fernández, hoy isla Robinson Crusoe, él le propone al capitán que les permita quedarse allí a la espera de otro barco británico que los rescate. El ultimátum de Selkirk no funcionó tal cual él se lo imaginó, al no recibir el apoyo esperado por sus compañeros, dejándolo a él sólo en tierra.

 
Mapa de la ruta tomada por el capitán William Dampier en su
Primera circunvalación a la Tierra, en la que destaca la posición
de la isla en donde queda abandonado Alexander Selkirk.
(Hacer clic sobre la imagen para ampliar)

No es de sorprendernos que un minuto después él ya se haya arrepentido de su precipitada decisión, pero ya era tarde y nadie regresó a buscarlo. Es de imaginar al pobre Selkirk gritando y saltando para llamar la atención de sus ex compañeros, pero ninguno volteó. Irónicamente, unos días después, el barco se hundió y muchos de sus hombres murieron en el naufragio.

 
El barco que piloteaba Selkirk, Cinque Ports, se hunde unos días después
en una tormenta como había predicho él.

Selkirk sólo tuvo tiempo de bajar unas cuantas cosas, ya que siempre se imaginó que su espera iba a ser corta. Por días escrutó el horizonte y no vio nada. Su existencia en la costa fue miserable, sin ninguna comodidad, y le daba miedo adentrarse en la isla, hasta que llegaron las morsas y se apropiaron de su espacio, obligándolo a buscar refugio en la selva. Una vez establecido se encontró una cantidad de animales no autóctonos del lugar pero que se habían escapado de otras embarcaciones y que le sirvieron de alimento, como las cabras. Los días pasaron y la soledad y la desesperación hicieron mella y no hubo un día en que no considerara el suicidio.

 
Para contrarrestar la soledad lee la Biblia. 

En las noches las ratas mordían su cuerpo, así que Selkirk hubo de hacer nuevas amistades, gatos salvajes a los que atrajo con carne de cabra. A medida que pasaron los años las cosas que llevó con él se deterioraron y tuvo que usar su imaginación para sobrevivir. En dos oportunidades barcos españoles llegaron a la costa pero él tuvo que esconderse para no ser apresado y colgado por pirata.

 
El instinto de supervivencia siempre fue mayor al de su enloquecimiento
ocasionado por la más extrema soledad. De ser capturado por el enemigo
hubiese representado la muerte inmediata bajo cargos de piratería.

Finalmente en 1709 un barco inglés apareció en el horizonte y Selkirk como un loco salvaje corrió por toda la isla para llamar la atención de los marineros y poder ser rescatado. Irónicamente en ese barco iba su antiguo capitán, William Dampier, quién destituido de su rango ahora era tan sólo el piloto timonel.

 
Momento en el que Selkirk, tras ser rescatado, es llevado al barco de su
salvación.

Cuatro años y unos meses después retornaba a la civilización y su suerte mejoró cuando ayudó al capitán del navío Duke, Woodes Rogers, a capturar un barco mercante español. Retornó a Escocia como un hombre rico, pero nunca se logró adaptar luego de su experiencia y regresó al mar muriendo unos años después de fiebre amarilla, a sus 45 años de edad.

 
El capitán Woodes Rogers es nombrado años después el primer gobernador
de Las Bahamas.

Sus anécdotas, escritas unos años después por Richard Steele, fueron muy populares y se cree que el escritor Daniel Defoe se inspiró en ellas para escribir su popular obra, Robinson Crusoe, en 1718.

 


Hoy en día una de las islas del archipiélago lleva su nombre: Alexander Selkirk.

La isla Juan Fernández, perteneciente a Chile, hoy muy poblada, fue el
lugar de residencia de Selkirk por más de cuatro años.


 Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

 
 

 
 

 

lunes, 19 de enero de 2015

Ana de Cleves, la cuarta esposa de Enrique VIII


¿Sabías qué? Ana de Cleves, la cuarta esposa de Enrique VIII, rey de Inglaterra, generó sin saberlo, la caída en desgracia del hombre más poderoso del reino, el Primer Ministro Thomas Cromwell, por culpa de un cuadro.
Corre el siglo XVI y Enrique VIII Tudor, divorciado de su primera mujer, Catalina de Aragón, viudo de la segunda cuando ordenó su decapitación, Ana Bolena y viudo de la tercera, Jane Seymour, a consecuencia del parto de su ansiado hijo varón, planea su siguiente matrimonio para así afianzar su descendencia. 

Enrique VIII pintado por Hans Holbein el Joven.
Galleria Nazionale d´Arte Antica, Roma

El Primer Ministro, Thomas Cromwell, para consolidar el poder monárquico de la dinastía Tudor, instiga para concertar un matrimonio ventajoso en el ámbito internacional que le pueda dar un equilibrio a su rey, razón por la cual comienza a revisar la lista de princesas solteras para contraer nupcias con Enrique VIII, en un reino desangrado por la violencia religiosa, debido a su distanciamiento con el papa y la Iglesia Católica al crear la Iglesia Anglicana con el mero fin de poder divorciarse de su primera esposa, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos de España y tía del muy poderoso emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V. 

Thomas Cromwell pintado por Hans Holbein el Joven
Frick Collection, Nueva York

El nombre que destaca en la lista es Ana de Cleves, quien a sus 25 años de edad no está casada ni comprometida para casarse y es hija de Juan III, poderoso duque del condado de Cleves, relación que a su vez traerá beneficios económicos para Inglaterra, pero nuestro rey la quiere conocer así que llaman al artista Hans Holbein el joven, para que haga un retrato de ella y Enrique VIII la apruebe. Thomas Cromwell se asegura en darle instrucciones al pintor para que agracie a la candidata como si de Photo Shop se tratara. A su regreso el cuadro le es presentado al rey y entusiasmado por lo que vé, acepta el compromiso, a pesar que el matrimonio estaba condicionado a un contrato.

Ana de Cleves pintado por Hans Holbein el Joven
Museo del Louvre, París

Exaltado por conocer a su futura esposa, Enrique VIII se traslada a la ciudad de Rochester para recibir a Ana de Cleves, la ve y de inmediato lo embarga la decepción, la mujer que él creía no lo es.

La verdadera Ana de Cleves pintada por Barthel Bruyn
Trinity College, Cambridge

Enfurecido debe de cumplir con el sacramento ya que había dado su palabra y firmado un documento, y el no cumplirlo debilitaría aun más su imagen internacional y afectaría las relaciones con su nuevo aliado, el Sacro Imperio Romano Germánico. El matrimonio se realiza pero él nunca consuma el acto sexual o eso fue lo que argumentó cuando unos meses después solicita la anulación. Pero no olvidaría el engaño y su Primer Ministro, Thomas Cromwell, pagó las consecuencias y fue decapitado el mismo día que Enrique VIII contraía nupcias con su nueva esposa, la quinta, Catalina Howard.
Desde mi punto de vista el cuadro de Ana de Cleves, pintado por Hans Holbein el Joven, debería ser uno de los más importantes en la colección del Museo del Louvre, cuantas pinturas se dan el lujo de haber sido claves en la historia de un país y además, gracias a ella un hombre perdió su cabeza, pero en cambio está exhibida en una sala recóndita, muy poco transitada.

Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

martes, 13 de enero de 2015

Olympia de Edvard Manet


En la antigüedad, cuando no disponíamos de todo lo que visualmente hoy nos entretiene y distrae, como la televisión, el cine, el internet, la prensa, la radio y más reciente, nuestro teléfono, las personas se recreaban yendo a exposiciones para ver los cuadros, estos entretenían y les trasmitía de inmediato una narrativa visual, una mezcla interesante entre el tópico expuesto y el estado de ánimo del pintor, en la que a través de las pinceladas, los colores escogidos, la composición y disposición de los personajes u objetos, uno podía interpretar, entender e incluso especular, porque eso sí, para muchos artistas, la participación del espectador en la dinámica de la obra era esencial.

Hoy lastimosamente cuando vamos a un museo o galería, nuestra mente no nos acompaña a lo largo de toda la estadía, pronto se distrae con nuestros gadgets personales y aunado al no estar entrenados para observar, perdemos el trasfondo de lo que estamos viendo, más allá que por lo general  hay tanto que ver, que sólo vemos imágenes, ni siquiera nos acercamos para leer el título o el nombre del autor. A mí me ha pasado y la razón es porque somos hijos de otra generación, pero mi estrategia es concentrarme sólo en algunas obras, las que nos llamen la atención y ver, no sólo el personaje central, sino el entorno, los colores y los detalles, todo está en los detalles.

Vamos a tomar una obra como ejemplo: Olympia, del artista francés Édouard Manet (1832-1883), al cual muchos consideran el padre del impresionismo, menos él mismo. La pintura en cuestión fue pintada por Manet en 1863 para presentarla en El Salón de los Rechazados de ese mismo año, salón éste que marcó el inicio de las vanguardias artísticas y la separación definitiva entre ellas y la pintura conservadora de la Escuela de Bellas Artes, obras que se presentaban en El Salón de París, pero prefirió no hacerlo, ya que el salón oficial representaba más estatus y por ende clientes más adinerados. 


Museo D´Orsay, París (190 cm x 130 cm)

Al ver la pintura, los conocedores del arte de inmediato hacen referencia a la evidente inspiración que tuvo nuestro artista en una obra de otro pintor mucho más antiguo y consagrado: La Venus de Urbino de Tiziano creada en 1538.

Galería de los Uffizi, Flrencia, Italia (165 cm x 119 cm)

Si comparamos la ambientación de los dos cuadros, el de Tiziano es en pleno día, pero en cambio el de Manet se desarrolla en la complicidad de la noche o al menos eso es lo que percibimos. Si viviéramos en París del siglo XIX podríamos intuir por el nombre de la obra, que se trata de una prostituta, Olympia, en contraste a Venus, la diosa de la sexualidad y la belleza; una brecha muy grande entre las dos mujeres, lo que causó mucha indignación y escándalo, pero fue eso lo que la hizo popular y que destacara sobre los otros miles de cuadros expuestos.

Si nos fijamos, las blancas sábanas están impecables y la sirvienta trae un ramo de flores, uno costoso, por lo cual podemos interpretar que los clientes son adinerados. Pero más allá de lo evidente, insisto, están los detalles, que hace que el cuadro aun sea mucho más interesante: la orquídea en la cabeza es símbolo de lo erótico y lo sexual, ya que se creía ésta flor poseía poderes afrodisíacos, en una época en donde el viagra era un sueño imposible.



Ella sólo calza un zapato, lo que representa la inocencia perdida, pero que lo calce sobre la cama también es sinónimo de fetiche, pero lo más importante y es lo que nos da la pista en la dinámica del cuadro es el gato negro, a diferencia del perro dormido a los pies de Venus en el cuadro de Tiziano que representa la pasión dormida o apaciguada; en el Renacimiento el incluir un perro en una obra era sinónimo de lujuria, no en vano aun se dice “echar los perros”, pero con el pasar de los años el significado cambió a fidelidad. 



El gato en el siglo XIX es interpretado como perverso, misterioso, promiscuo, por eso está allí, con una prostituta, pero es el hecho que esté estirándose lo que nos indica que hay alguien más en la habitación, el cliente, que entró y se acerca a ella…




… Olympia, y ella lo mira de frente, pero es a nosotros, convirtiéndonos en el cliente, no importando la edad, género o condición, ahora somo cómplices de su promiscuidad.



Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

domingo, 28 de diciembre de 2014

Los Esposos Arnolfini


Si se escucha la palabra Renacimiento de inmediato nuestra mente evoca el arte italiano del Quattrocento (siglo XV) e inconscientemente hacemos una lista de todos los nombres de los artistas que conocemos, pero rara vez esa lista incluye pintores de otras geografías que no sea Italia y nunca, excepto que sea un conocedor o seas de la zona en cuestión, vas a pensar en Flandes. Ese territorio que hoy en día es el norte de Bélgica y cuyas principales ciudades son: Brujas, Amberes y Gante (ciudad que vio nacer al emperador Carlos V), pero nos legó una extensa lista de artistas que trascendieron, no sólo de sus fronteras, sino que compitieron mano a mano con los italianos de la época, ellos son: Robert Campin, Hugo van der Goes, Hans Memling, Roger van der Weyden, Hieronymus Bosch (el Bosco), Peter Brueghel y Jan van Eyck, todos ellos estrellas.

El cuadro Los esposos Arnolfini es una de esas pinturas que nos cautiva desde el principio, sin tener ninguna idea o conocimiento sobre ella, sencillamente nos atrae, nos obliga a acercarnos y contemplarla, disfrutando de su colorido y composición, pero al ser una de las tantas obras importantes del National Gallery de Londres, le dedicamos unos cuantos segundos, sacamos nuestra propia interpretación; una pareja que espera un hijo, y continuamos nuestro recorrido. Pero hay mucho más en esa obra que nos habla del entorno socio económico de la pareja y del acto que están protagonizando, y no, ella no está embarazada, quiere estarlo, ese es el objetivo de todo el simbolismo que debemos saber leer para poder disfrutar plenamente de la obra.


National Gallery de Londres (82 cm x 60 cm)

Quiero aclarar desde el principio una regla que aplica a todas las obras, todas, desde que el arte es arte, y es la lectura con respecto a la ubicación de los personajes u objetos en una composición, diestra y siniestra (derecha o izquierda). Es un error referirse al lugar en donde se ubican a los personajes desde nuestro punto de vista, hay que verlo desde el punto de vista de ellos. Por ejemplo: Giovanni Arnolfini y su esposa Giovanna Cenami. Él no está a la izquierda y ella a la derecha, es al inverso. En los períodos artísticos comprendidos durante el Medioevo, el renacimiento e incluso parte del barroco, el hombre siempre es colocado a la derecha de la composición, la diestra, y la mujer siempre es colocada a la izquierda, la siniestra, haciendo énfasis en el término peyorativo. La diestra representa al hombre, el conocimiento, el Sol, Dios, etc., la siniestra representa a la mujer, la Luna, las pasiones, lo perverso, etc., y como todo son códigos, los artistas los respetaban y utilizaban para expresar sus opiniones más allá del tópico del cuadro. Con esto en mente, vemos que la ventana está a la derecha del hombre y la cama a la izquierda de la mujer.


Si observamos en la mesa al lado de la ventana notamos la colocación “casual” de unas naranjas, que simbolizan poder económico, ya que ellas son exportadas del sur de Italia, un lujo en el norte de Europa. Y no es una, son varias y están al lado de él, lo que además nos indica que la riqueza le pertenece a él. De hecho, Giovanni fue un rico comerciante italiano que se mudó a Brujas y amasó una gran fortuna.



Nos centramos en la composición y nos percatamos que él sostiene la mano de ella, nos mira fijamente y levanta su mano derecha. Todo eso hasta el momento no significa nada para nosotros, 




 pero si vemos en lo alto notamos un candelabro que sólo tiene una vela encendida, que en las costumbres de la época representa la celebración de un matrimonio.


Si del candelabro continuamos nuestra mirada hacia abajo vemos un espejo redondo con diminutas representaciones en el marco de La pasión de Cristo, pero reflejado en el espejo vemos unas figuras, los esposos de espalda y dos figuras más, una de ellas es Jan van Eyck, el pintor de la obra, fungiendo como testigos del enlace nupcial, que antes del Concilio de Trento (1563), no se requería de la presencia de un sacerdote, sino la de los testigos, y ésta no tenía porque ser en una iglesia, una habitación era tan buen lugar como cualquier otro. 


Si ésto no es suficiente, el artista deja testimonio de su presencia en la ceremonia, firmando en el centro y colocando la fecha, "Jan van Eyck estuvo aquí, 1434". Por primera vez que se sepa el pintor no sólo firma la obra sino que además se incluye en ella, aunque el reflejo en el espejo no lo define físicamente, es el hecho. 


Otros elementos colocados en la obra nos refleja ahora la intención implícita del matrimonio, la procreación. El verde en la vestimenta de ella significa fecundidad, el rojo de la cama la pasión, el que ambos estén descalzos, fertilidad, 

 

y por supuesto, el otro protagonista, el perro, que muy al contrario de lo que piensan la mayoría, la representación canina en una obra de ésta época, no representa fidelidad, sino lujuria, y además su cara está en dirección a ella, lo que indica que la que está lujuriosa es la nueva esposa.


Lastimosamente para ellos, nunca pudieron tener hijos, a pesar de haberse rodeado en ésta obra de todos los elementos y talismanes para poder lograrlo. 

Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

jueves, 18 de diciembre de 2014

The Cloisters en Nueva York

 
Este es uno de esos sitios desconocidos en medio de lugares muy conocidos y tal vez sea mejor así, es parte de su magia y tal vez de su intención.



The Cloisters en Fort Tryon Park



The Cloisters pertenece y está administrado por el Museo Metropolitano de Nueva York (The Met), ubicado en el extremo norte de la isla de Manhattan en Fort Tryon Park, en medio de un bosque con una magnífica vista del río Hudson, inaugurado en 1938, bajo el patrocinio de John D. Rockefeller Jr., quien compró partes de cinco abadías en Francia y se las trajo piedra por piedra para recrear una nueva abadía gótica de clausura en pleno corazón de de Nueva York.




Vista aérea The Cloisters al lado del río Hudson


Además adquirió los terrenos al otro lado del río, en el estado de Nueva Jersey, transformándolos en un parque, para así asegurarse de mantener la vista sin obstáculos de posibles futuras construcciones. No contento con eso, dona al museo casi toda su colección de arte medieval, contando en la actualidad con más de 2.000 piezas entre las que se encuentran:
el manuscrito iluminado por los hermanos Limbourg, Las bellas horas del duque de Berry, uno de los libros más importantes de principios del siglo XV;



Uno de los libros iluminado.

 
Los siete tapices de La caza del Unicornio, que originalmente les perteneció a la familia Rochefoucauld y Rockefeller se los compró por un monto alrededor del millón de dólares.


Tapices de La Caza del Unicornio.


y mi favorito, el tríptico de La Anunciación del pintor flamenco Robert Campin, mejor conocida como El altar Mérode, del que hablaré más en el futuro.



Tríptico de La Anunciación de Robert Campin.


El sólo recorrido del complejo, diseñado por el arquitecto Charles Collens, es un salto al pasado, con su fabulosa capilla de estilo románico, que genera introspección espiritual,



Capilla en El Cloisters.


Las arcadas de los jardines internos en donde se cultivan plantas al estilo tradicional de los claustros de la época, en donde a falta de laboratorios farmacéuticos, las medicinas se hacían con una exacta mezcla de plantas, flores, cortezas, raíces o semillas, mejor conocido como herbología.



Arcada de una abadía cistercience en The Cloisters.


The Cloisters, al igual que casi todos los museos de Manhattan, está cerrado los lunes, el Día de Acción de Gracias y el 25 de diciembre, y su costo es de $ 25 para los adultos, $ 17 para los mayores de 65 años, $ 12 para los estudiantes y gratis para los menores de 12 años, pero con la compra de ésta entrada también se puede entrar en el Museo Metropolitano de Nueva York en el mismo día.

 

Uno de los grandes atractivos de Manhattan es que todo o casi todo se puede hacer a píe, pero éste es uno de esos casos en donde esto no es recomendado, es preferible ir en el Subway (Metro), en autobús o en carro. La primera opción es la más atractiva. Se toma el Tren A hasta la calle 190 y de allí una corta caminata de 10 minutos a lo largo de la calle Margaret Corbin Drive, a través del bosque en el que está ubicado el museo. Si uno se encuentra en el Museo Metropolitano (la sede principal), se puede llegar tomando el autobús M4 (Madison Avenue/83rd Street) y bajarse en la última parada.




Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi
 

viernes, 12 de diciembre de 2014

El Puente de Brooklyn


La proeza de una mujer ante la adversidad.

Emily Warren Roebling, con un gallo vivo en sus brazos como símbolo de victoria, es la primera persona que oficialmente cruza el Puente de Brooklyn, unos días antes de su inauguración. Una victoria que no fue nada fácil de alcanzar y es gracias a ella que existe uno de los puentes más famoso del mundo, tal cual lo conocemos, de lo contrario, otro en su lugar, seguramente mucho más conservador en diseño, uniría las ciudades de Manhattan y Brooklyn en Nueva York.


La ciudad de Nueva York está compuesta por cinco condados (Borough en inglés): Bronx, Queens, Staten Island, Brooklyn y Manhattan y dos ríos: el Hudson river y el East river. Pero de las cinco, la más poblada y desarrollada es Manhattan, debido a su ventajosa característica geográfica; es lo suficientemente grande, pero no de manera desproporcionada y es una isla. Hoy en día esa particularidad no ofrece mayores ventajas, pero si retrocedemos unos 400 años cuando los holandeses la fundaron con el nombre de Nueva Ámsterdam, si. Al ser isla era más fácil de proteger y como dije antes, su superficie, de 60 Km2 era favorable, permitía crear un poblado y disponer de suficiente área para sembrar y subsistir.

Los cinco condados o boroughs de la ciudad de Nueva York
1.- Manhattan, 2.- Brooklyn, 3.- Queens, 4.- Bronx y 2.- Staten Island

Pero en el siglo XIX ésta ventaja se convirtió en su perdición debido a las masivas migraciones europeas que abarrotaban la isla, escapando de las revueltas civiles, sobretodo en el territorio alemán y del hambre en Irlanda, obligando a muchos a cruzar el océano en busca del mítico “Sueño Americano”. Ese crecimiento poblacional fue tan repentino que las autoridades civiles no tuvieron mucho tiempo de planear, generándose constantes disturbios entre sus pobladores, imposibles de controlar y como resultado de esos enfrentamientos, cada grupo social o etnia se reubicó en los condados adyacentes, otorgándole así a la ciudad de Manhattan un respiro. Con la expansión urbana, el hecho de ser isla se transforma en un problema, los ferris que transitaban ambos ríos no se daban abasto y el traslado no era sólo peatonal, para los que iban en carruajes era un dolor de cabeza. Algo se debía hacer y varias propuestas para construir un puente se plantearon, pero la más innovadora, tecnológicamente, atractiva en cuanto a diseño y económica, fue la del ingeniero e inmigrante alemán, John A. Roebling. Su diseño fue una mezcla perfecta entre la tecnología y la estética. Él quiso hacer un puente colgante para evitar así el exceso de soportes y el problema que eso acarrearía al momento de su construcción, ya con dos bases de apoyo fue complicado. Para cubrir la distancia de casi 500 metros de luz entre pilar y pilar, planteó la utilización de guayas de acero, único material que podía resistir las tensiones a las que iba a estar expuesta la estructura y hasta 1903 el Puente de Brooklyn mantuvo el record de ser el puente colgante más largo de mundo, con una extensión total de 1.825 metros.


La isla de Manhattan en 1850 sin el Puente de Brooklyn

El que se aceptara el diseño de Roebling fue en sí una “lucha de titanes”, que enfrentó a los distintos poderes: el económico, el político y el civil. Cada quien defendiendo de manera intransigente su punto de vista, pero con un trasfondo común en su contra, él era un inmigrante. Superado el impase inicial e iniciada la construcción a principios de 1870, Roebling muere de gangrena a consecuencia de un accidente en un ferri y delega en su hijo, Washington Roebling, el proyecto.
  
Retrato de Washington Roebling con su puente atrás
Autor: Théobald Chartran (c.1899)
Museo de Brooklyn, Nueva York

El hijo, ingeniero brillante, queda inhabilitado durante la construcción de uno de los pilares de soporte de la torre, sufriendo el mal de la descompresión, incapacitándolo para poder continuar su trabajo y supervisión en sitio y ante el riesgo que el proyecto, estando aun en su fase inicial, se le diera a otro ingeniero, su esposa, Emily Warren Roebling, toma las riendas.


Retrato de Emily Warren Roebling
Autor: Carolus-Duran (c.1896)
Museo de Brooklyn, Nueva York

En un principio ella es tan sólo una mensajera entre su esposo en cama y los ingenieros en la obra, labor nada sencilla, ya que muchos de éstos hombres se intimidan ante su presencia y le hacen la vida imposible, con la única intención que desista, además del hecho, que a medida que avanza el proyecto, se hace mucho más complicado su elaboración y ella, para continuar con su tarea debe estudiar matemáticas avanzadas, física y cálculo catenario, y así poder enfrentar a diario a los ingenieros, a los trabajadores y a los contratistas que no están acostumbrados a ser dirigidos por una mujer.

El puente de Brooklyn se comenzó a construir a principio de 1870 y se
inauguró en mayo de 1883.


Y si fuera poco, ella debe seducir con su carisma, a los políticos de la ciudad, para mantener a su esposo encargado de la construcción in absentia. Así que él, supervisando en avance de la obra con un telescopio desde su cama y ella como su vínculo en sitio, logran finalizar el epopéyico proyecto once años después.

Emily recorre todo el puente con un gallo en
sus brazos como símbolo de victoria.

Una placa en uno de los pilares reconoce su invaluable labor.

 

La característica más reconocible del Puente de Brooklyn son los arcos ojivales de sus pilares, elementos decorativos en los que se añora el romanticismo de tiempos lejanos, el gótico europeo de la época medieval, hoy en día mejor conocido como el Neo Gótico, estilo traído a los Estados Unidos por John A. Roebling.



Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi
 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Paul Gauguin, su vida en autorretratos


Paul Gauguin fue un hombre que nunca se sintió a gusto por mucho tiempo en el mismo sitio y las necesidades de una vida artística insatisfecha lo obligaron a trasladarse de un lugar a otro en busca del lugar ideal, alejado de los europeos, del tradicionalismo y el convencionalismo que eso conlleva para poder pintar con libertad, para convertirse a su muerte, como es natural, en uno de los artistas más importantes del siglo XIX.



Él vivió intensas etapas religiosas a las que representó.
"Autorretrato" 1889
Museo D´Orsay, París
Desde muy temprano en su vida estuvo viajando: nació en París, pero su familia se vio en la necesidad de escapar a la entronización de Napoleón III, marchándose a Perú para vivir en Lima, ciudad que amó e influenció a largo plazo, en la adolescencia sirvió en la marina mercante y luego se alista en la Armada Francesa. Finalizada ésta etapa, como es normal en cualquier persona, busca establecerse, formar familia y hacer dinero, lo que logra en La Bolsa de Valores de París. Se casa con Mette-Sophie Gad y engendran cinco hijos. La vida burguesa le gusta, se convierte en coleccionista de arte y le permite hacer en sus tiempos libres lo que le apasiona: pintar.

Autorretrato como "Cristo en el Monte de los Olivos" 1889
Museo de Arte Norton, West Palm Beach, Florida

Muy lejos estaba por pensar su esposa, Mette-Sophie, que ésta ingenua pasión de fin de semana se transformaría en el pivote de ruptura de la relación y en el posterior abandono de Paul Gauguin del hogar y la familia. En las artes de vanguardia, él estaba inconforme ya con el impresionismo y todo lo que el entorno artístico buscaba o exigía. Necesitaba libertad creativa y se fue al Mar Caribe, a trabajar en la construcción del Canal de Panamá, para  irse después a la isla de Martinica. Y aunque él hizo su mejor esfuerzo en adaptarse al entorno y las condiciones, nunca lo logró, viéndose obligado a regresar a Europa y allá se le ocurrió la genial idea de reunirse en Arlés con su amigo Vincent van Gogh para probar suerte en el campo, pero tras nueve semanas viviendo juntos, casi se matan entre sí por el intenso choque de caracteres, él prefiere retirarse y van Gogh cortarse el lóbulo de la oreja.

"Autorretrato" 1888
En ésta obra él se inspira en Los Miserables de Vícto Hugo y se siente
perseguido como lo fue Jean Valjean y Vincent van Gogh su opresor.
Museo van Gogh, Amsterdam

El mundo es grande y debe de haber un sitio ideal para poder expresar con intensidad su gama de colores, con toda libertad de pinceladas y sin la crítica de los tradicionalistas. Giró el globo terráqueo y en el otro extremo del planeta escogió la Polinesia Francesa y allá se fue, a Tahití, siempre corto de dinero.

Ésta obra fue realizada tras la traumática visita con Vincent van Gogh
y su oreja cortada y la posterior decapitación de un condenado.
"Autorretrato en Jarrón" 1889

Paul Gauguin consiguió finalmente ahí su Paraíso, hasta ese entonces esquivo, allí se inspiró en los paisajes, en su intensa luz, en el primitivismo de su trazo compositivo y en las nativas, a las que representó en su obra y con la que compartió con una libertad inimaginada e incluso hasta prohibida. En la Polinesia le da forma a su búsqueda artística, sintetizando la forma a cambio de la sugestión del color. El simbolismo lo integra magistralmente con el primitivismo (estilo que él inspira) y sus obras maestras las realiza en el delirio de la sífilis, la miseria y la persecución policial por apoyar los derechos de los nativos en contra de la opresión colonial.


"Autorretrato" 1889
Galería Nacional de Arte, Washington D.C.

Su vida personal es un caos y piensa varias veces en el suicidio, pero su pintura es lo único que lo salva, aunque al no ser apreciada en Europa, no recibe dinero alguno. Al momento de su muerte, en 1903, el arrendatario intenta recuperar los alquileres vencidos y vende todas las propiedades de Gauguin, logrando vender todo excepto los cuadros, a los que amarra y lanza por un acantilado al mar.


"Autorretrato" 1893
Instituto de Arte de Detroit, Michigan, EEUU

El inconformismo artístico de Paul Gauguin lo obligó a crear un estilo tan personal, que es referencia obligada en casi todas las manifestaciones artísticas del siglo XX, por haber influenciado a las nuevas generaciones que a su vez van a influenciar a otras: Picasso, Matisse, Modigliani, etc.

Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi