domingo, 27 de octubre de 2013

Chenonceau, “El Castillo de las Mujeres”


El Palacio de Chenonceau, como ningún otro, narra la historia de las mujeres de Francia durante el siglo XVI, unas de intriga, rivalidad, deseo y luto. Edificación glorificada por los Valois y olvidada por los Borbón, que ha resurgido, con el paso de los siglos, hasta nuestra época, por el esmero de damas visionarias que lo han devuelto a su gloria de antaño.

El Palacio de Chenonceau en todo su esplendor sobre el río Cher.

Nada queda del castillo feudal del siglo XIII, ya que fue ordenada su destrucción, en 1411, por el futuro rey Carlos VII, cuando su dueño, Jean Marques, lo pone a la orden de los ingleses durante La Guerra de los Cien Años, en contra de las pretensiones francesas, y quien hubo de esperar 21 años, para que el mismo rey le diera, finalmente, la aprobación para la reconstrucción. Es a partir de éste momento cuando la historia de nuestro castillo comienza a armarse, con sus altos y bajos, para ser en la actualidad el más visitado después del Palacio de Versalles.

La Torre de Homenaje, único vestigio
del siglo XV, adaptada al nuevo diseño.

A la orilla del río Cher, afluente del río Loire, en el centro de Francia, Jean Marques construye un pequeño castillo y un molino fortificado. Pero a principios de siglo, 1513, uno de los descendientes de Jean, Pierre, ahogado en deudas, debe vender la propiedad a una familia recién ennoblecida, Thomas Bohier, ministro de finanzas del rey Carlos VIII. Su esposa, Katherine Briçonnet, se hace cargo de la remodelación, ordena el derribo de todo lo anteriormente allí construido a excepción de la Torre de Homenaje o Tour des Marques, a la que adapta a su nuevo diseño renacentista, un palacio. A Katherine le encantaba socializar, así que apenas estuvo la edificación en condiciones aptas, comenzaron las fiestas. Incluso el nuevo rey, Francisco I, asiste en dos oportunidades, y será el mismo rey, quien, unos años después expropiará la propiedad al hijo de los Bohier, por no pagar sus deudas a la corona, transformándose desde ahora en un Palacio Real, uno de los tantos que posee la monarquía.

Diseño del nuevo palacio a orillas del río, sobre los cimientos
del antiguo molino.

En el año 1553, el rey, Enrique II de Francia, a pesar de los intensos deseos de su esposa Catalina de Medici, le entrega el Palacio de Chenonceau y toda la propiedad, a su amante, Diana de Poitiers, la mujer más importante del reino en éstos momentos. El castillo pasa a ser desde ahora un punto de honor entre estas dos mujeres.

Las dos grandes rivales de su época: Diana de Poitiers,
amante del rey Enrique II y Catalina de Medici, la esposa.

Enrique II era el segundo hijo de Francisco I y al tener un hermano mayor, no se esperaba que él llegara a ser rey, así qué, cuando se concertó el matrimonio del príncipe con Catalina de Medici, heredera de una inmensa fortuna y sobrina del papa Clemente VII (Giulio de Medici), el enlace era muy conveniente para ambas familias: Francia obtenía dinero fresco y los Medici el tan ansiado título nobiliario. Los novios, de 14 años de edad cada uno, aparentan estar felices y luego de la celebración, la consumación, que, siguiendo la tradición, es supervisada, en ésta ocasión por el mismísimo rey y a la mañana siguiente por el papa.

El matrimonio del príncipe Enrique y Catalina, que,
según las palabras del papa Clemente VII, era
el mejor vínculo del Mundo.

La “felicidad” duró poco, al año siguiente el papa Clemente VII muere y su sucesor, Paulo III, se niega a pagar la dote, transformando a Catalina ahora en una carga para la corona, quien además, no queda embarazada. Hasta ese momento a los franceses no les afectaba para nada ese enlace, ni la falta de linaje de Catalina, pero cuando, tres años después, el príncipe heredero, Francisco, el duque de Bretaña, muere de forma muy sospechosa, todos los ojos críticos, de inmediato, se asentaron sobre la joven pareja, llamándola a ella “la italiana” y sugiriendo que se divorciara y contrajera nuevas nupcias con alguien más acorde a su estirpe. Ya desde hacia tiempo Enrique tenía a varias amantes, a las que no le importaba mostrar, pero una en especial fue la que cautivó su corazón, siempre: Diana de Poitiers, 25 años mayor que él.

Diana de Poitiers era una mujer inteligente, de
estirpe y hermosa, quien por tres décadas se
transformará en patrón artístico de la belleza femenina.

Diana nunca consideró a Catalina como competencia, por el contrario, incentivaba a Enrique para que visitara su cama con la intención de producir herederos para la corona. En cambio Catalina la detestaba, pero era impotente de hacer nada, al punto que Enrique II siempre mostró a Diana como su mujer al mando frente a toda la corte.

Desde su punto de vista, mientras no produjera un heredero, su posición en la corte era precaria; sin dinero, sin apoyo papal y sin hijos. Catalina durante diez años probó todo, lo conocido y lo desconocido para quedar embarazada, juntándose con alquimistas de muy dudosa reputación, que incluso la sedujeron para que se untara en la vagina estiércol de vaca o tomara orina de mula. Tal era su desespero que nada, por exótico que fuese la detendría de su objetivo, y sin saberlo, Diana siempre estuvo allí, alentando a Enrique a procrear e incluso cuidando a la reina cuando contrajo escarlatina. Eventualmente Catalina tuvo diez hijos, tres de los cuales serán reyes de Francia.

Catalina de Medici.

Pero la gota que derramó el vaso fue, cuando, a pesar de su intenso deseo de adquirir el Palacio de Chenonceau, Enrique se lo otorga a su favorita, Diana de Poitiers y a ella le asigna el Palacio de Chaumont, muy viejo para su gusto.

El Chateau de Chaumont ya es para la época un palacio
antiguo, de diseño severo, como si de una fortaleza se tratara.

Resignada, por ahora, Catalina de Medici, utiliza su nueva adquisición para rodearse de alquimistas y astrólogos, entre ellos el aun no tan notorio Nostradamus.

Diana de Poitiers transformó a su castillo en uno de los más hermosos del momento, ampliando las áreas, decorando los salones, diseñando un exquisito jardín y ordenando la construcción del puente que comunica ambos extremos del río Cher. En él se realizaron las más fastuosas fiestas del momento, con toda la nobleza presente, exceptuando a Catalina, por supuesto, quien por la cercanía entre un palacio y el otro, casi podría escuchar las celebraciones.

La extensión del puente que realizó Diana de Poitiers tenía como objetivo
el extender los jardines y anexar el área de cacería. Las galerías superiores
las va a realizar Catalina de Medici en el futuro.

Pero la venganza es dulce y Catalina demostró tener largas garras. En 1559, durante un torneo de celebración, en donde hoy está Place des Vosges, el rey, a sus 40 años de edad, insiste en participar como cualquier otro noble y es mortalmente herido, al recibir una certera estocada en la cabeza, como lo había profetizado Nostradamus. Durante su agonía, Enrique II ordena llamar a Diana a su lado, pero Catalina de forma expresa prohíbe a la amante acercarse al agonizante rey, quien muere unos días después de septicemia. Diana está desbastada, al prohibírsele asistir al funeral, exiliándola incluso de París, pero no a su Palacio de Chenonceau, el cual se lo quita, sino al de Chaumont, perdiendo en un instante todo el poder y la influencia con la que gozó por más de 25 años.

Ilustración del torneo en donde el rey Enrique II es herido
de muerte en 1559.

Catalina de Medici decidió borrar la memoria de Diana en el Palacio de Chenonceau, cincelando sus monogramas con los de ella, clausurando su habitación, diseñándose un jardín más íntimo, construyendo nuevos salones sobre el puente del río Cher y realizando fiestas aun más elaboradas, entre las que destaca el despliegue, por primera vez en Francia, de fuegos artificiales, para celebrar la ascensión al trono de su hijo Francisco II y su joven esposa, María Estuardo. Cada evento de relevancia se realizaba allí y poco a poco las nuevas generaciones olvidaron, o pretendieron olvidar, a Diana de Pointiers.

Vista aérea en donde se destacan, en primer plano el gran jardín construido
por Diana y en el fondo el pequeño jardín, uno más íntimo, creado por Catalina.

Además de Catalina, cinco reinas de la familia Valois tomaron recinto,
en algún momento del siglo XVI, en éste palacio: la reina Margot, primera esposa
de Enrique IV Borbón,; Isabel de Valois, esposa de Felipe II de España; María Estuardo,
esposa del rey  Francisco II; Isabel de Austria, esposa del rey Carlos IX y
Luisa de Lorena, esposa del rey Enrique III.

En 1589 muere Catalina, según cuenta la leyenda, al sentirse defraudada por las acciones inconsultas de su hijo Enrique III, con respecto a la tregua por él concertada con los hugonotes, partido protestante, con la que siempre ella estuvo enfrentada. El castillo es ahora heredado por Luisa de Lorena, esposa del rey, que a pesar de saber las preferencias sexuales de su pareja, lo amo profundamente y al morir él asesinado, unos meses después de su madre, ella lloró su pérdida a tal punto, que desde ese entonces vistió luto hasta el día de su muerte. El color tradicional del luto en esa época era el blanco, así que desde ese momento ella pasa a ser conocida como “La Reina Blanca”. El Palacio de Chenonceau va a sufrir su pena, las habitaciones van a ser clausuradas, las paredes cubiertas con tapices negros y ninguna otra fiesta se va a celebrar allí por doscientos años.

Con el pasar del tiempo, sus nuevos dueños, La Dinastía Borbón, desmantelaron el palacio, trasladando sus esculturas, muebles y tapices a Versalles, pero tuvo un nuevo renacer que evitó su destrucción durante La Revolución Francesa (1789). La familia Dupin lo adquiere a mediados del siglo XVIII y gracias a Madame Louis Dupin, su grandiosidad de antaño retorna a sus paredes, siendo testigo de elevados encuentros con los más renombrados intelectuales de la época: Montesquieu, Voltaire y Rousseau, entre otros tantos. Ella, durante los cuatro años que duró la revolución permaneció en su palacio, intercediendo con los fanáticos, destructores de cualquier cosa y los vecinos que, argumentando que ese era el único puente en kilómetros, debía de preservarse.

Louis Dupin intentó devolverle toda la grandeza al Palacio,
manteniendo, en lo posible, la memoria de Diana de Poitiers.
Esta es su habitación, pero con un cuadro de su rival,
Catalina de Medici, sobre la chimenea.

Lo mismo va a suceder en plena Segunda Guerra Mundial, que por tratarse de un palacio puente, su estructura permanecerá intacta y más aun cuando el cauce del río Cher, era la línea divisoria entre la Francia Ocupada por los nazis y la Francia “Libre” de La República Vichy. Siendo utilizado como una vía de escape de la opresión alemana.

Mapa de Francia dividida durante La Segunda Guerra Mundial.
El Norte le pertenece a Alemania y el Sur a la República Vichy.

Desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, la familia Menier, dueña de Chocolates Menier, hoy en día de Nestlé, como dueños del Palacio Chenonceau, han invertido muchísimo dinero para mantenerlo como uno de los más prominentes sitios turísticos de Francia, recibiendo a casi un millón de visitantes por año, más allá de lo atractivo de su arquitectura, por lo relevante de su historia, testigo del fin de una de las dinastías más renombradas: Valois.


Escrito por Jorge Lucas Alvarez Girardi

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